EL NUEVO MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO Y SUS MÉTODOS DE LUCHA

COMENTARIO INICIAL

En estos últimos tiempos hemos observado una pequeña evolución en las manifestaciones y protestas.Se ha pasado de procesiones en tono festivo con tambores y batucadas a conatos de resistencia a las cargas policiales.Esta evolución se ha debido en parte al propio aprendizaje de las masas que,tras experiencias propias de salir a la calle y recibir golpes han comprendido que la resistencia es el camino.Sin embargo,aún queda mucho que comprender al respecto y como ejemplo de ello son los continuos debates en los diversos medios acerca del uso de la violencia,de la protesta pacifíca,etc.,que no pretender sino confundir y hacer retroceder a todo ese movimiento que todavía apenas ha empezado a caminar.Un último ejemplo podría ser el de los vecinos de Gamonal,que optaron por la resistencia para paralizar unas obras innecesarias que no eran más que otro ejemplo de corrupción y especulación urbanística.En este caso,no parabamos de oír como,tanto los medios de comunicación del régimen como muchos oportunistas,se apresuraban en hacer una distinción entre pacíficos y violentos para aislar y criminalizar a estos últimos.Sin embargo,los propios protagonistas de este conflicto no hacían dicha distinción ,porque no la hay,ya que ambos métodos son complementarios y totalmente legítimos,ambos forman parte del movimiento político de resistencia.El texto que ponemos a continuación hace un análisis acerca de la necesaria evolución de las formas de lucha,que deben ser adecuadas al momento político y nos puede servir para aclarar un poco las ideas al respecto.

EL NUEVO MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO Y SUS MÉTODOS DE LUCHA

BANDERA ROJA Nº 35 Mayo 1978

Cuando la burguesía imperialista creía haber conjurado para siempre el peligro de revolución en los países capitalistas,con la domesticación de los viejos partidos “comunistas” o lo que es igual,con la conversión de estos al eurocomunismo,que no es otra cosa que una nueva forma de degeneración socialdemócrata del revisionismo,tiene que enfrentarse a un movimiento revolucionario de nuevo tipo:a la guerrilla urbana.Esta nueva “plaga”,como la burguesía gusta llamar a este movimiento,se distingue del movimiento revolucionario anterior,esencialmente,por el método de lucha que emplea,lo que hace prácticamente imposible que, a corto plazo,pueda convertirse en un movimiento insurreccional de masas.Sin embargo,dadas las condiciones de aguda crisis económica y política por la que atraviesa el sistema,crisis a la que no le ve ninguna salida,la “plaga” amenaza con extenderse,en contagiar a amplios sectores de la clase obrera y otras capas de trabajadores de la ciudad y del campo y tomar así carta de naturaleza,como un fenómeno social cuyas consecuencias ya se pueden prever.

I

Desde distintos angulos se esta tratando de aniquilar este nuevo movimiento.El Estado de los monopolios lo combate por medio de sus cuerpos represivos,los tribunales las cárceles,etc.Por su parte los partidos eurocomunistas y otros grupos pseudomarxistas afines también se han puesto a la tarea de combatir a este nuevo movimiento revolucionario,tildando a sus miembros de aventureros y sacando a relucir para ello todo el viejo arsenal de ideas muertas.Sin embargo, no parecen lograr ningún resultado.

La burguesía puede seguir presentando la lucha de clases y sus numerosas manifestaciones como mejor convenga a sus intereses,y lo mismo pueden seguir haciendo los partidos y grupos de politicastros reformistas corrompidos hasta la médula.Las masas obreras,que tienen ya una larga experiencia y un olfato muy fino,no se dejaran llevar a engaño.

Para todo verdadero marxista se impone la urgente tarea de hacer un análisis serio y profundo de esta nueva realidad que se esta imponiendo y que comienza ya a condicionar la vida política de muchos países,amenazando con alterar profundamente toda la política y la correlacion de fuerzas en que se fundamenta el sistema capitalista de nuestros días.

Ninguna persona minimamente seria y capaz de pensar por si misma puede caer en las explicaciones demagógicas que da la prensa burguesa acerca de una cuestión de esta naturaleza,ni tampoco las podrán convencer los argumento de los revisionistas y otros como ellos que no resisten el menor análisis critico.Esto tendremos ocasión de comprobarlo a lo largo de este trabajo,pero para los menos iniciados diremos de entrada que se hace realmente difícil creer que numerosos jóvenes, y otros que no lo son tanto,que en distintos países se han lanzado a una lucha a muerte,hagan esto por puro placer,inducidos por ideas “irracionales” o por oscuros intereses,cuando hay tantísimos problemas por resolver en la sociedad y cuando ya ha quedado sobradamente demostrada la ineficacia de los partidos llamados de izquierda y de los métodos tradicionales que vienen propugnando para,al menos,impedir que se haga aun mas difícil,angustiosa y desesperada la situación en que se encuentran millones de trabajadores en las condiciones del capitalismo monopolista.En estas condiciones,y no en las mentes calenturientas de unos cuantos individuos aislados,es donde hay que buscar las raíces de este fenómeno.Tal como dijo Lenin:”La agudización de la crisis política hasta llegar a la lucha armada y, en particular la agudizacion de la penuria,el hambre y el paro forzoso en el campo y en las ciudades se destaca con gran fuerza entre las causas determinantes de la lucha que hemos descrito”.(Lenin:La guerra de guerrillas).

Hay que añadir,además,otros importantes factores,pues recordemos que,si bien la lucha de guerrillas es un fenómeno inherente a todo período de crisis,hoy nos encontramos,como hemos apuntado mas arriba,ante la bancarrota de los partidos reformistas y de los métodos de lucha tradicionales utilizados por ellos;cosas ambas que se han mostrado incapaces durante más de 40 años para resolver ninguno de los cada vez más graves problemas a que se viene enfrentando la sociedad.

Como hemos repetido ya muchas veces,ni el parlamentarismo,ni los sindicatos,ni las votaciones,ni las huelgas pacíficas y controladas por el gran capital,ni la política de alianzas con fracciones de la burguesía monopolista que vienen practicando los llamados partidos obreros sirven ya para nada.Pero si esa política no soluciona ningún problema,condenando,además,a la más completa impotencia al movimiento obrero y popular,no puede decirse que haya conseguido cerrar toda perspectiva al movimiento.Mas bien sucede lo contrario: esa política reformista y conciliadora,que ya ni reforma nada,ni reconcilia a nadie,esta enseñando mejor que cientos de libros a millones de obreros y otros trabajadores por donde no deben encaminar sus pasos en el futuro,y ha conducido ya a un numero considerable de jóvenes ,principalmente,a empuñar las armas y a buscar por otros derroteros una verdadera salida.

Al margen de las acusaciones que se le hacen a este movimiento,de las que nos ocuparemos más adelante,queremos destacar aquí su carácter histórico,es decir,la inevitabilidad de su aparición y desarrollo, así como los nexos que le unen al movimiento de masas.

II

Desde ahora debemos ir familiarizándonos con estos dos conceptos: el movimiento político de resistencia y lucha de guerrillas.Estos son conceptos que no nos hemos inventado nosotros,sino que designan dos partes complementarias de una misma realidad.Por movimiento político de resistencia entendemos el conjunto de huelgas,protestas,manifestaciones y otras acciones que se producen a millares todos los días y en todos los sitios de manera semiespontanea y que escapan a todo control por parte de las autoridades y los partidos domesticados.De este vasto movimiento forma parte,como su punta de lanza,las acciones guerrilleras.Estas acciones no se producirían con la regularidad que lo vienen haciendo y los grupos que las llevan a cabo no podrían mantenerse por mucho tiempo,no podrían resistir a la represión,ni renovarse,si no se diera ese amplio movimiento político de resistencia y, por otra parte,es indudable que dicho movimiento de resistencia habría sucumbido hace tiempo a la represión o victima de la desmoralización que crea la misma,si no encontrara en las organizaciones guerrilleras y en el tipo de lucha que practican una resistencia aun más firme,si no hallaran las fuerzas represivas y el gobierno que las manda una respuesta continua ante sus crímenes y si,en definitiva,la lucha armada,no ofreciera al conjunto del movimiento la única salida que realmente le queda.En pocas palabras,el movimiento de resistencia de las amplias masas populares ha dado vida y nutre continuamente a la guerrilla,y esta a su vez mantiene en pie y facilita el continuo desarrollo del movimiento popular de resistencia al sistema capitalista.

Se comprenderá fácilmente que un movimiento de estas características resulta indestructible y que sólo podrá desaparecer con las mismas causas que lo han generado.

Sabemos que muchos llamados revolucionarios se abalanzarán sobre nosotros,acusándonos de herejes y de otras cosas por el estilo,porque esta concepción que hemos expuesto rompe con los esquemas supuestamente marxistas que ellos se han formado ,¡pero qué le vamos a hacer!Nosotros no creemos en la democratización del sistema político capitalista en su fase actual,ni en las facilidades concedidas por la gran burguesía para que la clase obrera y otras capas populares alcancen el socialismo de forma legal y pacifica.Esto no ha ocurrido antes,ni sucede ahora,ni sucedera tampoco en el futuro,sino que,por el contrario,comprobamos que a medida que se va agudizando la crisis general del sistema y estalla por doquier la lucha revolucionaria de las masas,la resistencia de la burguesía a desaparecer se hace cada vez mayor,su régimen político tiende a suprimir todas las libertades políticas y las mejoras económicas y sociales y va implantando una forma fascista de poder,si bien,esta fascistización procura encubrirla lo mejor que puede.

La sociedad capitalista hace tiempo que ha alcanzado su más alto grado de desarrollo económico,a partir del cual comienza su decadencia,su descomposición interna.En esta fase histórica se abre un largo periodo de convulsiones que obligan a las masas a adoptar formas de lucha muy distintas a las utilizadas en periodos anteriores, a las empleadas en la etapa de desarrollo pacifico y parlamentario del capitalismo.Esto ya lo previeron los clásicos del marxismo,pues si algunos todavía no se han enterado,hemos de decir que nada permanece inmutable,ni siquiera la táctica de lucha del proletariado,ni esa táctica puede retroceder para atrás como muchos pretenden.

En el tema que nos ocupa,tal como indicó Lenin certeramente,”el marxismo exige incondicionalmente que el problema de las formas de lucha se enfoque históricamente.Plantear este problema al margen de la situación histórica concreta es tanto como no comprender los rudimentos del materialismo dialectico”Y prosigue:”en diferentes momentos de la evolución económica,con sujeción a diversas condiciones políticas,culturales-nacionales y de vida,etc.,se destacan en primer lugar diferentes formas de lucha principales y, en relación con esto varían a la vez las formas secundarias,accesorias.Querer contestar simplemente que si o que no a un determinado medio de lucha,sin entrar a considerar en detalle la situación concreta del movimiento de que se trate en una fase dada del desarrollo,equivale a salirse totalmente del terreno del marxismo”.

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EL DECALOGO IDEOLOGICO DE LOS REFORMISTAS

Terminando ya con el tema del reformismo,ponemos este texto muy interesante que explica frases y posturas típicas de estos individuos.

J. Agirre Antorcha nº 11 junio 2001

El reformismo no es sólo una ideología que esté presente  en los partidos y sindicatos  oficiales de la “izquierda” de este  país, sino que su influencia se extiende hacia muchos movimientos aparentemente radicales por su lenguaje. Se trata de una serie de ideas bastante extendidas y dispersas, incluso entre algunos grupos juveniles y estudiantiles, si bien todas ellas tienen una raíz común de la que parten, aunque esa raíz aparezca camuflada en muchas ocasiones por las fuentes diversas de las que emana, que no es otra que el viejo anarquismo decimonónico, el radicalismo liberal pequeño  burgués,  la desgastada  socialdemocracia  o  el decrépito  revisionismo. El reformista se puede  reclamar de cualquiera de esas corrientes o de ninguna, pero siempre acaba defendiendo los mismos principios; incluso a veces piensa que son modernos y otras hasta que se le han ocurrido a él mismo. No cae en la cuenta de que, después de cien años de revoluciones, casi todo está inventado y de que, aunque uno tenga sed y se encuentre  en medio del desierto,  no puede  sobrevivir bebiendo  de un pozo  de agua envenenada. Aunque cueste  un poco más de trabajo,  hay que beber del agua que corre. El liberalismo, el anarquismo,  la socialdemocracia, el revisionismo, por más que nos los presenten en la prensa con el papel de celofán de la modernidad, apestan a podridos de puro viejos. Las enseñanzas  y experiencias de la revolución sólo pueden provenir de las obras que han sido escritas por y para la revolución; de revoluciones ciertas y reales, no de ilusiones ni de quimeras.

Los reformistas tienen una tarea muy cruda: colaborar con el capitalismo mientras aparentan  luchar contra él; el problema es que han acumulado tanta experiencia, se visten con tantos  ropajes, que a veces es difícil identificarles y desenmascararles  como lo que son. Por eso exponemos este decálogo, a fin de que por más que alcen la voz con consignas reivindicativas, podamos ponerles en su sitio, como cómplices que son del sistema de explotación y opresión que padecemos.

“El Estado burgués es omnipotente”

Los reformistas plantean todos los problemas en términos de posibilidad, nunca de necesidad. Ellos nunca dirán que un cambio social es imprescindible, sino sólo que es posible. Y la idea central que promocionan es que la revolución es imposible porque el capitalismo es muy poderoso. En sus panfletos trasmiten una  visión omnipotente   de  los  instrumentos   represivos  del  Estado  (policía, ejército, prensa, etc.) cuando en realidad todos los medios que despliegan desde el poder, máxime cuando se ve forzado a recurrir permanentemente a la represión y al fascismo, constituyen un síntoma de debilidad de la burguesía monopolista, nunca de fortaleza.

Y  si la revolución ya no tiene  sentido,  no queda más que luchar por las reformas  que  democraticen   el  Estado  y la  sociedad,  introducir  el  sufragio universal, ampliar el parlamentarismo.  El reformismo se traduce siempre en los mismos absurdos  fetiches: parlamentarismo,  pacifismo y legalismo. No sólo es imposible la revolución; tampoco es posible bajo el fascismo la lucha clandestina e ilegal, por lo que para los reformistas no hay más lucha que la que cabe dentro de los cauces legales.

“La violencia no conduce a ninguna parte”

Por supuesto, los reformistas reniegan verbalmente de la violencia, de toda la violencia a veces, pero sobre todo de la violencia revolucionaria, mientras se callan las torturas,  los apaleamientos  y la represión  que sufren cotidianamente los luchadores. Aunque a veces se encubren  hipócritamente  con el rechazo de toda  forma de violencia, en realidad su objetivo es frenar cualquier oposición consecuente  y revolucionaria a los desmanes del capitalismo. Lo contrario de la violencia, para ellos, es la democracia, que es la forma de resolver pacíficamente todos los conflictos. Por tanto, hay que profundizar la democracia: «La vía hacia el socialismo ha de consistir en profundizar y ensanchar la libertad y la democracia» 13. De ese modo mecanicista resumen su idea de los pasos graduales y progresivos, sin necesidad  de  saltos  revolucionarios.  La  “democracia” es  el talismán  con el que  juegan  permanentemente, porque,  si luego  esa  “democracia” desata la guerra sucia y el terror  contra  las masas, eso no prueba  cómo funciona la “democracia”, sino cómo no debe funcionar: a lo sumo, son pequeños fallos que se deben enmendar, por supuesto con «más democracia». El Estado “democrático” viene a ser como una institución amorfa, neutral, ajena a las clases sociales. Para Bernstein la democracia «es la ausencia de todo gobierno de clases, indicando con ello una condición social en que los privilegios políticos no pertenecen a una clase contra el resto de la comunidad  (…) La democracia es, en principio, la supresión del gobierno de clases, aunque no sea aún la supresión de las clases» 14.

Pero no basta con la democracia sino que hay que «democratizar» continuamente  el sistema político, construir una «democracia avanzada» que no se limite a las cuestiones políticas, sino que incluya las económicas también, por la vía de nacionalizar y planificar para conseguir el «reparto de la riqueza», es decir, la «igualdad». Por eso para ellos la democratización  no incluye sólo el ámbito político, sino también el económico: «La revolución  en nuestro  país reside primero  en la lucha por desarrollar la democracia en cualquier lugar, en las fábricas, en las empresas,en el aparato del Estado; hasta podría hablarse de democratizar la propiedad»i15. Las decisiones en las empresas se adoptarían en asamblea, votando a mano alzada los obreros con sus patronos en cooperativas, en empresas cogestionadas, donde los sindicatos deberán jugar un papel decisivo. La “nueva sociedad” que preconizan consistiría en celebrar interminables asambleas en todos los ámbitos de la vida para tomar decisiones inequívocamente democráticas.

“Hacer algo todos los días a todas horas”

El reformismo reniega de la revolución y trata  de rebajar el nivel revolucionario   de   las  masas  para   mantenerlas   en   las  luchas  cotidianas, económicas y parlamentarias,  sacrificando los objetivos finales en aras de los intereses más inmediatos. No quieren acabar con el capitalismo, sino mejorar su funcionamiento y conseguir una explotación “civilizada”. No hay que sustituirlo por el socialismo, sino dirigirlo, controlarlo, regularlo a discreción: el papel de los reformistas consiste precisamente en gestionar el capital, ganar las elecciones y sentarse en los consejos de administración de los monopolios. Como máximo (y en privado) los reformistas  hablan de revolución, pero la alejan a un futuro lejano,  como  si de  una  utopía  cualquiera  se  tratase.  A  cambio  alardean  de mejoras y transformaciones del mismo capitalismo para entretener con ellas las energías revolucionarias de las masas y agotarlas en batallas estériles. Para ellos esas reformas «posibles» son el mejor ejemplo de la viabilidad de su estrategia gradual, de la posibilidad de avanzar con pequeños pasos, mientras critican como «aventurera»  la acción verdaderamente  revolucionaria. Los objetivos finales no significan nada; lo que importa es el día a día: incorporar nuevos efectivos, ganar votos, ampliar su área de influencia. Hoy una asamblea, mañana a pegar carteles, pasado una manifestación: a eso se reduce su actividad, a un activismo continuo que no sigue un programa ni una línea definida. Las organizaciones reformistas se  convierten  en  maquinarias  electorales  y sindicales dispuestas  a  buscarse alianzas y aliados no importa donde. Dicen que no conviene «asustar» a las masas con consignas que califican de «tremendistas». Para ellos es bueno todo  lo que aumente el número de votos y afiliados, lo que hace crecer las organizaciones, aunque sea sólo numéricamente; el crecimiento en combatividad revolucionaria no les sirve para nada porque  su «línea de masas», a la que tanto  apelan, sólo atiende a inflar las cifras.

Los comunistas no pueden ser contrarios, ni siquiera ajenos, a las reformas:

«El revolucionario  acepta  las reformas para utilizarlas como una ayuda para combinar la labor legal con la clandestina, para aprovecharlas como una pantalla que permita intensificar la labor clandestina de preparación revolucionaria de las masas con vistas a derrocar a la burguesía» 16. En consecuencia,  ni se puede  despreciar  la lucha por  aquellas reformas  concretas  que  mejoren  las condiciones  de  vida de  las masas, ni se puede tampoco reducir todo el trabajo revolucionario a la obtención de  pequeñas  mejoras  que,  por  lo demás,  son  rápidamente  anuladas  por  el capitalismo a la menor oportunidad.

“Hay que copar el parlamento”

A los reformistas les gustan las elecciones y los parlamentos,  porque son los instrumentos  a través de los cuales la burguesía promociona a sus jefecillos y les rodea de una aureola de prestigio para que su mensaje cale entre las masas. Frente a ellos, la posición de los comunistas ante el parlamentarismo es clara:

«La  actitud de la III  Internacional   con respecto al parlamentarismo  no está determinada por una nueva doctrina, sino por la modificación del papel del propio parlamento.  En la época precedente, el parlamento, instrumento del capitalismo en vías de desarrollo, trabajó en un cierto sentido por el progreso histórico. En las condiciones actuales, caracterizadas por el desencadenamiento del imperialismo, el parlamento se ha convertido en un instrumento de la mentira, del fraude, de la violencia, de la destrucción, de los actos de bandolerismo.  Obras del imperialismo, las reformas parlamentarias, desprovistas de espíritu de continuidad y estabilidad y concebidas sin un plan de conjunto, perdieron toda importancia práctica para las masas trabajadoras.

«El parlamentarismo, así como toda la sociedad burguesa, perdió su estabilidad. La transición del período orgánico al período crítico crea una nueva base para la táctica del proletariado en el dominio parlamentario (…)

«El centro de gravedad de la vida política actual está definitivamente fuera del marco del parlamento» 17.

“El sindicato hace la fuerza”

El reformismo  tiene  su  máxima expresión  en  el  economicismo,  en  el sindicalismo, en la reducción de la lucha revolucionaria del proletariado  a las tareas  sindicales. No se pueden  rebajar  las tareas  políticas y organizativas  al nivel de los intereses  inmediatos, tangibles, concretos  y cotidianos de la lucha económica. Los revisionistas siempre han tratado  de ensimismar a los obreros con lo práctico, lo realista, que para ellos no es más que descender al nivel de los sectores  más atrasados  de las masas, mientras que, como decía Lenin, «nuestra obra no consiste en abogar porque el revolucionario sea rebajado al nivel del artesano, sino en elevar a éste al nivel del revolucionario» 18. Todo lo que sea postrarse ante la espontaneidad  del movimiento obrero  equivale a fortalecer la influencia de la ideología burguesa sobre los obreros: «Todo culto de la espontaneidad del movimiento de masas, todo rebajamiento  de la política socialdemócrata  al nivel de la política tradeunionista equivale precisamente a preparar el terreno para convertir el movimiento obrero en instrumento de la democracia burguesa. El movimiento  obrero espontáneo no puede crear por sí solo más que el tradeunionismo  (e inevitablemente  lo crea) y la política tradeunionista de la clase obrera es precisamente la política burguesa de la clase obrera. La participación de la clase obrera en la lucha política, e incluso en la revolución política, no hace en modo alguno de su política una política socialdemócrata»i19. Los sectores más atrasados  de  la clase obrera  son los más influenciados por  la ideología burguesa y un planteamiento  revolucionario no se puede fundamentar en ellos, sino en los elementos más conscientes y avanzados.

“No hace falta un Partido de vanguardia”

No hay revolución  sin Partido  Comunista,  que  debe  ejercitar  su  papel como vanguardia de la clase obrera y no arrastrarse,  ni al nivel de los sectores más atrasados  del proletariado,  ni mucho menos a la zaga de la burguesía. Es el Partido el que promueve la independencia  política de la clase obrera, no ya sólo porque los planteamientos  políticos del proletariado  sean distintos de los de la burguesía, sino porque están enfrentados a ellos. Los reformistas tampoco quieren saber nada del Partido Comunista, reniegan de la vanguardia, y por ello mismo no son capaces de sacar a las masas obreras  de la influencia burguesa, porque para ello es imprescindible dirigir, ponerse a la cabeza de todas las luchas.

Frente a ellos, Stalin escribió: «El Partido  no puede ser un verdadero partido si se limita simplemente a registrar lo que siente y piensa la masa de la clase obrera, si se arrastra a la zaga del movimiento espontáneo de ésta, si no sabe vencer la inercia y la indiferencia política del movimiento espontáneo, si no sabe situarse por encima de los intereses momentáneos del proletariado, si no sabe elevar a las masas hasta la comprensión de los intereses de clase del proletariado.  El Partido tiene que marchar al frente de la clase obrera, tiene que ver más lejos que la clase obrera, tiene que conducir tras de sí al proletariado y no arrastrarse a la zaga del movimiento espontáneo» 20. Para los reformistas, por el contrario, carece de sentido la idea misma de un partido dirigente, fundamentado  en una estrategia  revolucionaria, porque lo que hacen es seguidismo, dejarse llevar por la corriente.

“Nada de dogmas ni de verdades absolutas”

El reformismo reniega de los principios y se acoge a la idea de que «el movimiento -como decía Bernstein- es lo permanente, sus teorías y formas son lo transitorio» 21. Por eso el reformismo se identifica con el oportunismo  político.

Alardean de no ser dogmáticos ni doctrinarios,  lo que presenta  al reformismo bajo una gran multiplicidad de formas, adoptando  las más peregrinas  teorías y siempre de una manera flexible y escurridiza, que complica dirigirles cualquier crítica, porque siempre parecen estar de acuerdo con todo (y con todos). Siempre se manifiestan contra  el dogmatismo,  por la defensa de la libertad  de crítica, contra el marxismo como teoría al mismo tiempo científica y revolucionaria: «La famosa libertad de crítica -decía Lenin- no implica la sustitución de una teoría por otra, sino la libertad de prescindir de toda teoría coherente y meditada; significa eclecticismo y falta de principios (…) Es difícil cazar a un oportunista con una simple fórmula, porque fácilmente firmará toda fórmula y con la misma facilidad renegará de ella, ya que el oportunismo consiste, precisamente, en la falta de principios más o menos definidos y firmes» 22.

“La clase obrera ha muerto”

El reformismo reniega de la lucha de clases. Consideran que las diferencias sociales en el seno del capitalismo se amortiguan con el crecimiento de la pequeña propiedad, así como por la mejora en las condiciones de vida de la clase obrera. El proletariado no experimenta un proceso de pauperización creciente. El capital no se concentra, ni tampoco se ha producido la polarización social esperada, sino por el contrario una amplia convergencia, pues mientras los obreros disfrutan de un bienestar  creciente, se forman extensas capas de pequeños  propietarios:  es el «capitalismo popular», el ansiado reparto  de la propiedad  que reclaman todos los reformistas, el fin de las desigualdades.  El número de burgueses  aumenta, de  modo  que  «la sociedad,   en lugar de ser simplificada  en comparación  con sus primeros tiempos, ha ido diferenciándose» 23. La clase obrera  carece ya de unidad y homogeneidad  porque sus condiciones de vida y trabajo les dispersan a unos de otros y alejan entre sí, de modo que se sienten más próximos a la pequeña burguesía que a sus propios compañeros.  Los obreros  ya no forman una única clase. Los obreros  se disuelven entre  la masa de una sociedad indiferenciada y difuminan sus contornos  con otros  sectores  sociales; en suma, la clase obrera ya no es la fuerza dirigente de la revolución, el sector más avanzado que debe encabezar la lucha por el socialismo. La clase obrera se aburguesa y la lucha de clases desaparece. Ya no tiene sentido hablar en nombre de la clase obrera, sino de toda la sociedad, de la humanidad en general.

13   Santiago Carrillo: «Mañana España». Ebro, París, 1975, pág. 237.

14   Bernstein: «Socialismo teórico y socialismo práctico». Claridad, Buenos Aires, 1966, pág. 118.

15   Santiago Carrillo: «Mañana España», cit., pág. 237.

16  J. Stalin: «Los fundamentos del leninismo», en Cuestiones del leninismo. Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1977, pág. 96.

17    «El partido comunista y el parlamentarismo», en Los cuatro primeros Congresos de la Internacional

Comunista. Primera Parte. Cuadernos de Pasado y Presente, Buenos Aires, 1973, págs. 173-174.

18   Lenin: «¿Qué hacer?», en Obras Completas, tomo 5, pág. 473.

19   Lenin: «¿Qué hacer?», en Obras Completas, tomo 5, pág. 444.

20   J. Stalin: «Los fundamentos del leninismo», cit., pág. 101.

21   Horst Heimann: «Textos sobre el revisionismo. La actualidad de Eduard Bernstein». Nueva Imagen, México,1982, pág. 151.

22   Lenin: «¿Qué hacer?», en Obras Completas, tomo 5, págs. 376 y 531.

23   Bernstein: «Socialismo teórico y socialismo práctico», cit., pág. 49.

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UNA POLÍTICA DE PRINCIPIOS / LOS PRINCIPIOS NO SE INVENTAN

A continuación,otros dos textos sobre este tema ambos relacionados con los principios.

UNA POLÍTICA DE PRINCIPIOS

M. P. M. (Arenas) Resistencia nº 53
Febrero 2001

El  fantasma del stalinismo sigue recorriendo  Europa y otras plazas fuertes del imperialismo.  La labor de “demolición” de lo que Stalin y su obra realmente representan, está muy lejos de haber concluido y todo apunta (a la vista de la bancarrota del revisionismo moderno y de la nueva situación que se ha creado en todo el mundo, especialmente en lo que fuera la URSS) a que ya no va a poder ser llevada a cabo. Podemos estar seguros de que aún tendremos stalinismo para muchas décadas.

Esto parece desconcertar a algunas personas “bien intencionadas” que no acaban de comprender nuestra “machacona” insistencia en los textos de Lenin y Stalin, lo que no es otra cosa, como ya hemos explicado en varias ocasiones, que un empeño por nuestra parte en restituir la teoría revolucionaria al lugar que le corresponde.
Esta labor ha sido interpretada por algunos como un “abandono” de Mao, es decir, que ya no seríamos “maoístas” y, efectivamente, no lo somos si por ello se entiende  que adoptemos  una posición acrítica ante los textos del que fuera gran dirigente comunista chino.
Nosotros,  ciertamente,  hemos  cometido  algunos  errores  de  este  tipo, pero ante todo siempre hemos partido de las ideas y principios fundamentales del marxismo-leninismo, que resumen  el conocimiento  y las experiencias  del movimiento obrero y comunista internacional. Esto incluye, tanto las experiencias de la URSS y otros países, como las de la revolución china. ¿Qué nos enseña esta revolución? Los partidarios  de un “maoísmo” bastante  pasado por agua, no se quieren  dar por enterados  de esas experiencias prácticas (ni de ninguna otra) pese a que no se cansan de repetir como papagayos sus consignas “practicistas”. Por supuesto  que  no se trata,  tal como hemos  apuntado,  de  pasar  por  alto lo ocurrido en la Unión Soviética, en particular de los errores  cometidos  por Stalin (errores de los que hemos estado hablando, casi sin interrupción, durante muchos  años). Pero los “maoístas” parten  de  la supuesta  “superación” de  la doctrina marxista-leninista que, en nuestra opinión, no está nada superada. ¿Cuál es, entonces, la solución? Aquí parece que hemos llegado a un atolladero, pero en situaciones como ésta no hay más salida que la de volver a las posiciones de principios: «una política de principios, como dijo Lenin, es la única política acertada». Nosotros procuramos seguir esa orientación.

Con los principios no se trafica
«Con los principios no se trafica, con los principios no se puede realizar ningún tipo de negociación, ningún tipo de ‘transacción’. Hay personas que no pueden entenderlo  y que piensan, como buenos burgueses, que ‘todo tiene su precio’ (…)
«Entre estos principios, ideas y teorías nosotros  destacamos  la que nos permite comprender de una manera clara e irrefutable el carácter transitorio o la caducidad histórica del sistema de explotación capitalista, ya que este sistema no  ha  existido  siempre  y no  podrá  existir  eternamente. ¿Cómo podríamos nosotros aspirar a integrarnos en una sociedad parasitaria y moribunda que, para sostenerse en pie, para prolongar su agonía, recurre a los métodos más bárbaros de explotación y opresión,  al pillaje, a las guerras de rapiña, al exterminio en masa y la devastación de países y continentes  enteros?
«Otra  cuestión  de  principios  para  nosotros  es  la que  se  refiere  a  la necesidad de la organización política independiente de la clase obrera; es decir, no sometida ni controlada por la burguesía ni por su Estado, dado que sólo de esa manera es como se está en condiciones de luchar consecuentemente hasta el final contra él.
«No menos  importante  para nosotros  es la teoría  que  nos demuestra, también de forma que no da lugar a ninguna duda, que la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía, las dos clases fundamentales de esta sociedad, sólo puede tener como resultado el derrocamiento del poder de la burguesía y la implantación de la dictadura revolucionaria del proletariado sobre esa misma burguesía como paso previo necesario para la total supresión de la explotación y de toda opresión de unos hombres sobre los otros. Esto, naturalmente,  no se podrá conseguir de una manera ‘pacífica o parlamentaria’, pues la burguesía jamás consentirá  retirarse  pacíficamente del poder.  «El cuarto  principio fundamental para nosotros  es el que se refiere a la expropiación de los expropiadores, a la supresión de la propiedad privada capitalista y el establecimiento  de  la propiedad colectiva y de todo el pueblo sobre los medios de producción, a fin de poder organizar la economía socialista planificada que satisfaga las necesidades materiales  y culturales  de  todos  y cada  uno  de  los trabajadores.  «El  quinto principio que nosotros  defendemos  y practicamos es el que llama a la unidad de todos los proletarios, explotados y oprimidos del mundo, para hacer más eficaz e invencible la lucha contra el capitalismo, el imperialismo, el fascismo, el revisionismo, etc. Este es el principio del internacionalismo proletario que hará posible, no sólo el derrocamiento  de la burguesía en todos los países, sino también el que se puedan establecer  unas relaciones más justas, de verdadera hermandad, entre los pueblos y entre los Estados que excluyan la explotación, los intercambios desiguales, la política de intervención y de fuerza, la intromisión de unos en los asuntos internos de los otros, y creen un verdadero clima de paz y de entendimiento,  de colaboración y de ayuda mutua.
«Y  para todo  eso, para aplicar esas ideas y principios y materializarlos en la práctica a fin de que dejen de ser un buen deseo o un proyecto “utópico”, necesitamos   mantener   también   otros   principios   e   ideas   revolucionarias igualmente  importantes  relativas a la lucha por las libertades y los derechos democráticos de los trabajadores,  a la organización y su funcionamiento, etc.
¿Cómo podemos  renunciar a ninguno de esos principios, aceptar  la legalidad burguesa impuesta  mediante  la violencia más extrema,  desarmarnos  en todos los planos frente a los explotadores  y opresores  y continuar  considerándonos comunistas, marxistas-leninistas? (…)
«Otra cuestión  es la que se refiere a la táctica, a los métodos  de lucha que corresponde  aplicar en cada momento o situación concreta. En este campo cabe aplicar las formas más variadas, siempre, claro está, que se destaquen  las principales (en nuestras condiciones las formas de lucha de resistencia) y no se pierdan  de vista las que, en última instancia, habrán  de permitir  resolver los grandes problemas sociales. La firmeza en la defensa de los principios, de los contenidos, las metas u objetivos nos permite ser flexibles y facilita la búsqueda de las formas más adecuadas a cada situación o al estado real de nuestras fuerzas organizadas» 24

El escamoteo revisionista
Hoy día, en los medios de la “izquierda radical” de numerosos  países e incluso entre aquellos otros que se consideran comunistas, ya no está de moda defender de manera clara y firme los principios revolucionarios. Se ha impuesto el posibilismo más rastrero,  el eclecticismo, el espontaneísmo  y el “masismo”. No es de extrañar,  por tanto,  que algunos elementos  ajenos a la clase obrera estén  intentando  pescar en ese río revuelto y hacer carrera atacando  nuestro “dogmatismo”. Esto es lo que  viene ocurriendo  en los últimos meses  con el autodenominado «(nuevo) Partido Comunista Italiano», un engendro  malparido por el movimiento para la reconstrucción del partido en Italia ligado a los CARC y que no ha tenido reparos en acoger en su seno a los renegados de «La Fracción», dándoles cancha en sus publicaciones al tiempo que “atacan” nuestras posiciones de principio. Naturalmente, hoy las cosas están muchísimo más claras y en el último número de su revista La Voce revelan su “plan” de «Constituir el Frente para la reconstrucción del partido comunista ¡que participe en las elecciones políticas del 2001!». Dios los cría…
Nada de  esto  es  nuevo,  es  lo que  ha sucedido  en  distintos  períodos históricos: los revisionistas se han dedicado con particular celo a sembrar dudas sobre la vigencia del marxismo y a “renovarlo” para, al final, colar de matute la ideología y política burguesas.  Para ello, naturalmente,  tienen  que revisar los fundamentos mismos del marxismo, o bien escamotearlos, argumentando  sobre los “cambios” en la situación y sobre  las “nuevas realidades” que presenta  el capitalismo que supuestamente no habrían sido tenidas en cuenta por la teoría revolucionaria. Todo lo demás, es decir, las leyes y rasgos más esenciales del sistema,  que  son  los  que  determinan  su  nacimiento,  desarrollo,  bancarrota y muerte,  así como las experiencias fundamentales  de la lucha de clases y de la organización  acumuladas en decenas  de años por el movimiento obrero  y comunista, todo eso, según los viejos y nuevos revisionistas, debe ser abandonado, arrinconado  como  inservible para  que  puedan  ocupar  su  lugar  las baratijas demagógicas que ellos nos ofrecen bajo el lema del “marxismo desarrollado”. Por lo visto, la doctrina revolucionaria integral para la transformación del mundo por la clase obrera, ya nació muy subdesarrolladita, habida cuenta de las numerosas y continuas  revisiones y adaptaciones  que ha necesitado,  realizadas, además, desde la ultramoderna y superdesarrollada  ideología clerical burguesa.
Y qué duda cabe que el marxismo, ya desde los tiempos lejanos de la II Internacional, se ha desarrollado, pero esto lo ha hecho siempre a través de la lucha intransigente  llevada a cabo, desde sus posiciones de principios, contra el reformismo y los falsarios revisionistas. Y lo mismo habrá de suceder ahora y en el futuro.

24   Del Informe Político aprobado en el IV Congreso. Publicado en RESISTENCIA Nº 41, septiembre 1998, páginas 29-32.

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LOS PRINCIPIOS NO SE INVENTAN

P. Leñero

A mí eso de los principios revolucionarios siempre me ha traído de cabeza. Hace unos días andaba yo dándole la barrila con tales principios a un colega del trabajo y cuando creía tenerlo casi convencido, ganado para la causa, va el tío y me suelta: «¡Déjate de invenciones, chaval!»… ¡¡Habráse visto mayor ignorante!! «Los principios -le respondí rojo de ira- no se inventan, tan sólo pueden ser descubiertos en la vida, en la sociedad y en la naturaleza,  ¿Quién inventó el rayo? ¿quién inventó el pálpito de tu corazón?». Esto último se lo dije para suavizar un poco el tono de la rabia que me había provocado. A continuación proseguí ya más calmado:
«La lucha  de clases, por ejemplo, es una de esas leyes o principios gracias a la cual no vivimos aún en las cavernas». Luego le pregunté en forma más enfática: «A quién se le ocurrió el invento de la plusvalía que el hijo-puta del patrón nos saca de la sangre y de la médula de los huesos todos los días, eh?… El Estado terrorista financiero que padecemos desde hace tantos lustros ¿qué cristo lo inventó?…  La sociedad burguesa,  tal como la conocemos, es el resultado de un largo proceso histórico, tuvo un comienzo imperfecto y tendrá un final horroroso. O sea, que no ha existido siempre ni puede ser eterna. ¿Lo has entendido, pedazo de borrico?».
Asimismo se lo dije, ¡me dio tanto  coraje oírle decir aquella bobada de “las invenciones”! Y  es que ahora somos muy pocos los que defendemos  los principios revolucionarios. Recuerdo cuando estaba de moda, allá por los felices años 60, “posicionarse” en base a los principios universales del marxismo- leninismo.  Entonces,  si no  adoptabas  una  posición  principista  ante  cualquier problema social, político o económico, estabas listo. Te trataban peor que a un perro muerto.
Bueno, pues como queda dicho más arriba, esto ya no se lleva, está muy mal visto, a pesar de la avalancha del “pensamiento único” imperialista que se nos ha venido encima. Da la impresión de que no existen o han desaparecido, por obra de la propaganda burguesa reaccionaria, las leyes que rigen el movimiento y transformación  de todas  las cosas de este  mundo,  de que dos más dos ya no son cuatro o que la lluvia cae porque  lo ordena  el hombre  del tiempo.  El personal está como narcotizado,  esperando  algo parecido al milagro de Fátima o bien a que cualquier día aparezcan  los pico-los en su casa para llevárselos p’alante, al matadero. Es posible que ese día se sacudan la modorra y vuelvan a “posicionarse” de nuevo. Ojalá que no resulte demasiado tarde.

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LENIN: «Algunas particularidades del desarrollo histórico del marxismo».
Diciembre, 1910
Precisamente porque el marxismo no es un dogma muerto ni una doctrina acabada, consumada e inmutable, sino una guía viva para la acción, no podía menos de reflejar en su organismo el cambio de asombrosa brusquedad, operado en las condiciones de la vida social. El reflejo de este cambio ha sido una profunda disgregación, una gran dispersión, vacilaciones de todo género, en suma, una gravísima crisis interna del marxismo. La enérgica resistencia ofrecida a esa disgregación, la lucha resuelta y tenaz en pro de
 
los fundamentos del marxismo, se ha puesto de nuevo a la orden del día. Sectores de extraordinaria amplitud de las clases que no pueden prescindir del marxismo para formular sus tareas lo asimilaron de un modo unilateral y deforme en extremo en la época anterior, aprendiéndose de memoria unas u otras «consignas», tales o cuales soluciones a los problemas tácticos, pero sin comprender los criterios marxistas para dar con esas soluciones. La «revisión de todos los valores» en las diversas esferas de la vida social ha conducido a la «revisión» de los fundamentos filosóficos más abstractos y generales del marxismo (…)
Nada hay tan importante como la cohesión de todos los marxistas, conscientes de la profundidad de la crisis y de la necesidad de combatirla, para salvaguardar las bases teóricas del marxismo y sus tesis cardinales, desfiguradas desde todos los lados más opuestos, al extenderse la influencia burguesa entre los diversos «compañeros de viaje» del marxismo.

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SER IMAGINATIVO O COMO EMBELLECER EL CAPITALISMO

Continuamos con la selección de textos sobre el revisionismo.

Ser imaginativo o cómo embellecer el capitalismo

C. Reigosa
Antorcha nº 5 99
A estas alturas de la monarcodemocracia, el discurso institucional de lucha contra el paro ya no convence a nadie,  está claro: los partidos y organizaciones de la llamada “izquierda extraparlamentaria”, desde los que van de anarquistas, trotskistas, comunistas… hasta los cristianos de base, se han lanzado en auténtica avalancha a hacer denuncia de él. Y,  obviamente,  no porque hayan caído ahora de la higuera,  pues  20 años que llevan gobernantes  y  sindicaleros  repitiendo  una  y otra  vez  las  mismas  declaraciones  y las mismas fórmulas contra el paro es mucho tiempo hasta para los cortitos de entendederas, sino precisamente porque lo suyo,  como se sabe,  es estar siempre a la última hasta en condenar la violencia popular y revolucionaria; y lo que está en efervescencia es que la gente ya no traga con esa rueda de molino que es la retórica gubernamental,  y de los partidos y sindicatos constitucionales, de “lucha contra el paro”.
Con todo,  si  su  oportunismo político  se  circunscribiera  a  subirse  al  carro  del movimiento de masas  sin más,  hasta se les podría disculpar,  ya  que al  fin y al  cabo, aunque con más miedo que vergüenza, estarían sumando fuerzas y no restándolas. Pero lo suyo de estar siempre a la moda lo es también, y sobre todo, a la hora de las soluciones. “Nos negamos a aceptar”, nos dicen, “la retórica de un fracaso que pesa como una losa insoportable sobre las espaldas de uno de cada cinco trabajadores potenciales de nuestro país”.  Y “confiar en que los partidos y sindicatos de la Izquierda Establecida vayan a defender los intereses de las personas en paro es una quimera. Sus dirigentes se hallan  cómodamente instalados en el Pensamiento único. En lo que se refiere a los principales sindicatos, están lo suficientemente hipotecados con el Sistema como para salvaguardar  su independencia. Bastantes problemas tienen con mantener sus poderosas burocracias y  pagar  a  sus  liberados  con  las  subvenciones  que  reciben  del  Estado.  Ha  llegado  el  momento de dejar de lado los tópicos retóricos y los meros parches y buscar nuevas ideas  para solucionar el problema. ¡Hay que ser imaginativos!”.
En la denuncia de lo obvio -y es obvio por lo manifiestamente sangrante y hasta escandaloso-  son  rotundos  y  hasta  casi  suenan  radicales,  pero  en  las  soluciones simplemente “imaginativos”. Una consigna con gancho, sin duda, (recientemente hasta la ha  hecho  suya  el  Ministro  de  Trabajo!,  pero  ¿en  qué  perspectiva  nos  sitúa? Evidentemente,  no en la de la necesidad de poner  fin a un sistema de producción que arroja  al  paro y la miseria  a  millones  y millones  de personas,  pues  ello no requiere imaginación, tan sólo ser consecuentes.
De hecho, como no podía ser de otro modo tratándose de imaginar, lo primero que hacen es invitarnos a abrir un debate general destinado a encontrar ideas: “Consideramos que se hace necesario iniciar en el Estado español un gran debate general, abierto a toda la sociedad,  destinado a encontrar esas ideas y traducirlas  en medidas concretas de  transformación de la realidad. Un debate que no dude enponer en cuestión cuanto haga falta, incluyendo la eventual redistribución de los tiempos de trabajo y la reforma del  conjunto  del  sistema  productivo”.  Con  declaraciones  de  este  tipo  no  hace  falta  que nosotros añadamos nada, está bien claro: ser imaginativos, para el caso, es ser reformistas. Lo que nos proponen es intentar encontrar el modo de limar las lacras más sangrantes del sistema capitalista, mejorarlo, embellecerlo, hacerlo más humano. O sea,  administrar el paro, no acabar con él.
No obstante,  echemos un vistazo a lo que imaginan,  no sea que nos acusen de descalificarles  sin  tomar  en  consideración  sus  propuestas  justo  unas  líneas  antes  de tildarnos de dogmáticos,  esquemáticos,  sectarios…  y toda la demás retahíla con la que acostumbran dispensamos. Los mas moderados de los de la izquierda-extraparlamentaria suelen llenarse la boca con la formación de los parados (como si la culpa del paro fuera de los que no trabajan y el paro no afectase también a los formados, como si no existiesen miles y miles de titulados universitarios que no encuentran colocación),  la creación de bolsas  de  empleo  (o  sea,  hacer  lo  que  las  ETTs,  facilitarles  la  contratación  a  los empresarios,  pero sin hacer  negocio con ello),  la orientación  (talleres  de  técnicas de búsqueda de empleo para que los trabajadores aprendan a vender su fuerza de trabajo de modo  competitivo,  es  decir,  a  mostrarse  en  la  mejor  disposición  a  dejarse  explotar sumisamente),  el  autoempleo,  la  creación  de  cooperativas  (como  si  el  mercado  no estuviese copado ya, en lo fundamental, por el capital y pudiesen competir con los grandes monopolios industriales y comerciales,  como si  año tras  año no estuviesen quebrando miles  de  pequeñas  empresas  a  manos  de  éstos)…  Verdaderamente,  ¿dónde  está  la diferencia entre estas medidas y las que impulsa la troika sindicatos-gobierno-patronal? Sus propuestas, por no ser, no son ni originales; en esencia ya han sido planteadas por las mafias sindicales en múltiples ocasiones y de todos son conocidos los resultados. Los más radicalillos, por su parte, nos plantean crear una “red cívica de parados”,  porque, dicen, “ha llegado la hora de que la ciudadanía afectada por el problema tome directamente las riendas del asunto exigiendo a los poderes públicos un salario social que compense el  agravio inferido a sus derechos cívicos y constitucionales”;  la inscripción masiva en el INEM,  “porque  es  un acto político  destinado a refutar  la falsedad  de los  mensajes  oficiales”:  el  trueque,  “porque  el  trueque  estimula  el  sentido  de  comunidad  y  la conciencia de formas alternativas de relacionamos y satisfacer nuestras necesidades”;  ocupar los espacios visibles de cada ciudad “reuniéndose, de forma periódica, puntual y pacífica,  en  una  plaza  pública  y  constituyendo  asambleas  cívicas  de  parados”;  y ¡acabáramos! “reparto del trabajo y la riqueza”. Aquí sí que hay imaginación y mucha. Es imprescindible para soñar que el pretendido reparto del trabajo, que a la postre no es otra cosa que la reducción de la jornada laboral,  vaya a solucionar  el  “problema del  paro” cuando el  sistema lleva ya mucho tiempo en continuas reconversiones,  regulaciones de plantilla, etc., por la crisis de superproducción. Bajo estas condiciones, la reducción de la jornada  laboral  sólo  puede  ser  una  variante  más  de  esos  mismos  “ajustes”.  Y más imprescindible es aún derrochar imaginación para visualizar la fantasía de que el capital se va a avenir  a repartir  sus  beneficios,  simplemente con  “ocupar plazaspúblicas de forma  puntual  y  pacífica”.  ¿Qué  diferencia  hay  entre  esas  ocupaciones  y  las maniprocesiones de las camarillas sindicales de CCOO y UGT reclamando del gobierno que arbitre soluciones al paro? Con semejantes métodos de lucha no cabe conseguir ni el salario social que reclaman -y ni siquiera la gratuidad de los servicios públicos para los parados.
La  existencia  de  millones  y  millones  de  desempleados  es  parte  integrante  e inseparable del  sistema de producción capitalista.  Son el  ejército industrial  de reserva, desempeñan un papel  decisivo en la regulación del mercado de trabajo. El movimiento general  de los salarios se regula por sus expansiones y contracciones.  El capital crea la demanda de trabajo y aumenta la oferta  de trabajo a través  del  ejército industrial  de reserva  para  tener  a  la  población  obrera  ocupada  permanentemente  sometida  a  sus necesidades de explotación. Dicho más sencillo, el paro es imprescindible al capital para tirar a la baja de los salarios y chantajear a los obreros con el despido si no se someten a sus condiciones de explotación: “Si te quejas, si protestas, a la puta calle que hay miles deseando ocupar tu puesto”. Para solucionar el “problema del paro”, para acabar con él, hay que acabar con el capitalismo, ¡no hay hostias! En consecuencia, los parados, junto a todos los obreros que trabajan -su lucha es  una entre otras  cosas porque en cualquier momento los unos pueden pasar a ocupar  el  puesto de los otros- han de organizarse y organizar ante todo la revolución socialista.  Esto no quiere decir,  naturalmente,  que los parados pasen de las batallas por reivindicaciones concretas, es claro que comer, hay que comer todos los días. Quiere decir que sólo en la medida que se sitúe la revolución en el punto de mira de la lucha, cabe que esas batallas trasciendan lo puramente económico y puntual,  arrancar  verdaderas  y duraderas  conquistas  al  capital  y conseguir  finalmente liberarnos de sus lacras y tiranía. Además, la perspectiva revolucionaria deja expedito el camino a la utilización de todo tipo de iniciativas de lucha, desde las legales a las ilegales, desde  las  pacíficas  a  las  violentas,  desde  la  reivindicación  mediante  movilizaciones, sabotajes, etc., de una cobertura total para los parados, a la exigencia de que las empresas aumenten sus plantillas en vez de aumentar e intensificar la explotación de los que tienen empleados, pasando por la expropiación de alimentos en supermercados cuando haga al caso, la patada en la puerta de las viviendas vacías cuando lo que les urja sea un techo, etc., etc.
Lo nuestro, lo asumimos, no es imaginativo ni original, es lo que venimos diciendo desde siempre. Somos reiterativos. El capital no hace sino repetirse desde hace un porrón de  años  y  nos  hace  la  puñeta.  Pero  a  ellos  se  les  ve  el  plumero.  Si  apoyasen consecuentemente las legítimas y justas reivindicaciones, protestas y luchas populares, el régimen,  tan respetuoso él  con la libertad de expresión que ha cerrado EGIN no para silenciarlo sino porque “era una organización terrorista”, que asume el derecho de huelga y manifestación, siempre, claro está, que los huelguistas y manifestantes no conculquen el derecho  de  los  esquiroles,  etc.,  no  les  trataría  con  el  beneplácito  que  les  trata,  les dispensaría el mismo trato que a “los violentos”, “los radikales”, “los terroristas”, se verían en posición de que la “democrática” policía les reventase las costillas a palos y de acabar viendo las cárceles  por dentro y no como preocupados asistentes  sociales o solidarios ONGeros, y claro, ¡no es plan! Para mantener operativos sus chiringuitos y su marchamo de “izquierda alternativa” (antes era de “izquierda revolucionaria” pero ahora no está de moda) no les queda otra opción que sumarse al carro de las masas. Pero, al mismo tiempo, para que el  régimen les siga dando cancha,  han de tratar  de reconducir  el  descontento popular hacia las formas legalistas y pacíficas de lucha, formas todas ellas tan publicitadas por los medios de comunicación institucionales como estériles. Esta es la otra cara de su izquierdismo de postal.

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MáS SOBRE LOS «ALTERNATIVOS»

COMENTARIO INICIAL

Estas próximas semanas vamos a colgar unos cuantos textos relacionados con el revisionismo y el oportunismo.La razón de que hayamos elegido estos textos es porque en tiempos de crisis como la actual ,donde los principales partidos (PPSOE) se encuentran desprestigiados debido a las inútiles políticas de reactivación de la economía o a los múltiples casos de corrupción ,es cuando todos estos partidillos y colectivos aprovechan para mostrarse como alternativa.Por eso debemos identificarles y definirles como lo que son.Algunos ya no nos van a engañar (como puede ser el caso de los traidores del PCE e Izquierda Unida o los vendeobreros de CCOO y UGT)porque ya llevan una buena trayectoria (reconocimiento del régimen fascista y su constitución,aniquilación del movimiento obrero,…)pero si están surgiendo o reactivándose multitud de partidillos o colectivos que pretenden erigirse como la solución al problema de la crisis cuando ni siquiera son capaces de analizar realmente cual es la naturaleza de ésta y que el problema se encuentra en el propio sistema capitalista.Al contrario,sus alternativas son un puñado de reformas o promesas,muchas de ellas inalcanzables porque ni siquiera parten de la ruptura total con el sistema (paso principal para conseguirlas),que ,pretendiendo ofrecernos una salida al capitalismo,nos devuelven una y otra vez al redil.Por eso es muy importante que nos mantengamos alerta frente a estos individuos y no olvidemos que la lucha contra el reformismo y el oportunismo debe ser constante.

MáS SOBRE LOS «ALTERNATIVOS»

Jon Aguirre Resistencia nº 27

Marzo 1995

Jaleados por los medios de comunicación, reconocidos por las autoridades gubernamentales, apoyados por obispos, alcaldes y espadones pacifistas y «antiimperialistas», los alternativos han acaparado durante algunos meses la atención informativa gracias a sus solidarias acampadas y a sus folklóricas manifestaciones. En el RESISTENCIA correspondiente al mes de noviembre comentábamos algunas de sus propuestas, pero no todas, por lo que en este número volvemos a la carga, publicando los comentarios de un asistente a sus verdes, pacíficas y descafeinadas charlas.

La reunión del FMI y del Banco Mundial en Madrid fue aprovechada por algunos «alternativos» para organizar una serie de actos que dieran relevancia sus «nuevas propuestas». Pero sus propuestas no sólo no fueron paralelas, sino que se engordaron a la sombra de los imperialistas. Su docilidad resultó patética: Greenpeace protestaba contra el Banco Mundial, pero aplaudía al Borbón; otros negociaron con las sanguijuelas financieras un «diálogo» ante la prensa a cambio de manifestaciones domesticadas. Los «alternativos» demostraban que sus recetas no eran diferentes, sino complementarias, de las de los tiburones de la banca internacional.

Lo mismo puede decirse de las charlas con que nos obsequiaron, debidamente arrinconadas justo en el extremo opuesto de Madrid, para evitar incomodar a los buitres imperialistas. Sus propuestas no son más que una refundición del viejo socialismo utópico de los Owen, Fourier, Saint-Simón y compañía. Con el agravante de que ahora ya ni siquiera nos ofrecen una sociedad distinta: ¡nada de socialismo!; todo dentro del mismo capitalismo. Los pacifistas pretendían un capitalismo sin ejército y un imperialismo sin guerras; las feministas, la «igualdad de derechos» y el control de la natalidad; los ecologistas, pintar de verde las chimeneas de las fábricas y sustituir el coche por la bicicleta.

Y sobre todo, algo muy importante: no decir nada sobre cómo se va a conseguir todo eso. No solamente no quieren oponer la justa violencia revolucionaría contra el terror imperialista, sino que tampoco quieren organizar ni organizarse. Todo llegará por generación espontánea.

El mismo imperialismo viene dándoles alas. El caso de los del 0’7 es muy significativo: esos «solidarios» con el hambre en el Tercer Mundo quieren remediar la situación con limosnas; exactamente lo mismo que los misioneros del DOMUND y los jerifaltes del Banco Mundial, que vienen insistiendo en la necesidad de «ayudas» para el desarrollo de los países que explotan. Los del 0’7 son como los cacos que, al atracar un banco, dejan las monedas porque pesan mucho. Más que el 0’7 habría que ponerles el 007 porque la mayor parte de las «ayudas» al desarrollo se gastan en armas: el 0’7 de los pacifistas es también licencia para matar.

Los fondos del Banco Mundial están sirviendo para mantener un aliento de vida capitalista en los países más depauperados y esquilmados del planeta. Son el suero que permite continuar la sangría de recursos y enriquecer a los grandes monopolios internacionales, porque de sus cadáveres no se podría extraer nada. Sirven para mantener un chantaje permanente: no llegan los fondos para los que lo necesitan, sino sólo para aquéllos que son sumisos al dictado imperialista. Constituyen un método para imponer la diplomacia imperialista dentro de la ONU, un organismo que últimamente se ha convertido en la marioneta del puñado de Estados que vienen dictando el rumbo de la política internacional, especialmente los Estados Unidos.

Ahora los imperialistas no sólo envían dinero para paliar el hambre, sino también a sus ejércitos. El reparto de alimentos va acompañado últimamente de tanques y fusiles, tanto en Yugoslavia, como en Somalia o en Ruanda. Los «alternativos» son decididos partidarios de esta nueva forma de «protectorado» de las grandes potencias. El respeto a la soberanía nacional, al principio de no injerencia y a todos los fundamentos sobre los que se creó la ONU, se han liquidado. Ahora los nuevos mandarines se encubren bajo el manto del Consejo de Seguridad de la ONU para imponer su diplomacia; deciden qué países pasan hambre y cuáles no; deciden dónde se violan los derechos humanos y dónde se respetan; deciden qué país es democrático y cuál es una dictadura; mandan 12.000 mercenarios a Panamá porque su presidente es -según dicen- un traficante de drogas, lo secuestran y se lo llevan a Estados Unidos para «juzgarle»; lo mismo hacen en Haití.

Queda así al descubierto el falso pacifismo que se encubre detrás de ese tipo de concepciones que se mueven a la sombra del militarismo más sombrío. No deja de ser chocante ver por la televisión a los de las ONG (Organizaciones No Gubernamentales) repartiendo comida y medicinas a unos, mientras se la niegan a otros, como ha ocurrido en Bosnia. Llevan a cabo su labor codo a codo con los marines y otras tropas mercenarias vestidas de azul, como la Legión española.

En realidad, esas ayudas no se están destinando a los países oprimidos sino que sus destinatarios son las propias ONG que, además, vienen dando un verdadero espectáculo, peleándose entre ellas por quedarse con el pedazo más grueso del dinero. Y por eso sus actos de «solidaridad» están patrocinados por la propia banca y las multinacionales, con lo que todos se lavan la cara unos a otros: en los países capitalistas más poderosos no hay miseria y los mismos que explotan reparten luego una parte ínfima de sus fantásticas ganancias.

Entre los «alternativos» destacan algunos grupos ecologistas que lanzan al aire amenazas apocalípticas: la lluvia ácida, el efecto invernadero, la capa de ozono, etc. Nos meten el miedo en el cuerpo con todo tipo de catástrofes naturales, supuestamente inevitables. Es siempre la misma ideología catastrofista, típicamente religiosa, de la predestinación: lo que sucede es inexorable. Naturalmente, el deterioro del medio ambiente marcha a pasos acelerados, pero no podemos compartir ni el análisis de las causas ni las propuestas de soluciones de la mayor parte de los grupos ecologistas. La degradación de los ecosistemas está directamente vinculada a la propiedad privada de los medios de producción y a la plusvalía que impera bajo el capitalismo. El burgués sólo tiene en cuenta el dinero que invierte en su negocio y trata de ahorrarse hasta la última peseta, mientras derrocha todo lo que no le cuesta: el humo que arroja a la atmósfera, el suelo que desforesta y los vertidos que abandona en los ríos. Pero todo esto únicamente pone de manifiesto la necesidad de la revolución socialista, de que la propiedad privada de los medios de producción desaparezca, de que, si existen costes sociales, se socialice también todo el sistema productivo. Las catástrofes no son «naturales» ni inevitables, sino que están directamente vinculadas al modo de producción y sólo se pueden plantear -y por tanto resolver- destruyendo la sociedad capitalista que las engendra. Esto significa que no se pueden resolver dentro de esta sociedad: ni con la agricultura macrobiótica, ni con la reforestación, ni con ninguna otra receta que no ponga en cuestión la propiedad privada de los medios de producción. Los planteamientos «alternativos» tienen todos esa misma raíz malthusiana: pretenden hacer pasar los fenómenos sociales por fenómenos «naturales» o ajenos al régimen de producción. Esto se ha podido comprobar también muy recientemente en la Conferencia de la ONU de El Cairo sobre la población, donde los imperialistas, siempre bajo la cobertura de la ONU, tratan de llevar a cabo programas masivos de esterilización en los países oprimidos y explotados. También con el apoyo de grupos feministas tratan de imponer el control de la natalidad, dando a entender que su pobreza es consecuencia de su «exceso» de población: como son muchos, la comida no llega para todos; por tanto, es necesario «reducir» el número de habitantes y de reducirlo precisamente en los países sometidos, no en las grandes metrópolis imperialistas.

Estas posiciones han sido calificadas de «progresistas» en toda la prensa española, para confrontarlas con las del Vaticano y los islamistas, que eran los «reaccionarios». Nos han incluido a los comunistas con estos últimos, como expresión residual de los viejos dogmatismos que aún perduran. Y en efecto, los marxistas seguimos combatiendo el malthusianismo y el imperialismo, que siempre han pretendido -y muchas veces han conseguido- el exterminio de los pueblos de África, Asia y Latinoamérica. Los Estados Unidos, por ejemplo, han esterilizado a una tercera parte de las mujeres puertorriqueñas en la isla.

En este punto los «alternativos» no demuestran tampoco mucha coherencia: critican el exterminio de la población aborigen en la época de la colonización, pero no critican el exterminio que pretenden hoy, con la excusa del control de la natalidad y de una supuesta emancipación de la mujer. Nadie nos ha presentado un argumento de ningún tipo para dejar de opinar, como Lenin, sobre el aborto: «Una cosa es la libertad de propaganda médica y la protección de los derechos democráticos elementales del ciudadano y ciudadana, y otra cosa es la doctrina social del neomalthusianismo»1 . Estamos por el aborto y la liberación de la mujer, pero en contra de los planes antinatalistas del mperialismo.

Hay que recordar a los «alternativos» que el volumen de población no es un dato natural inevitable, que se nos impone como la erupción de un volcán o el estallido de un tornado. La reproducción humana depende de la producción económica. El volumen de población está en función del sistema económico y más concretamente del papel de la mujer en la sociedad. La fecundidad femenina cambia según su nivel de integración dentro de la clase obrera: la mujer trabajadora tiene mayor independencia, se casa menos o se casa más tarde y tiene menos hijos. Los sistemas patriarcales o de dominación del varón expresan una dominación de clase y favorecen las altas tasas de natalidad, mientras que, a medida que la mujer se ha ido emancipando gracias a su integración en la clase obrera, los índices de fecundidad se han reducido.

China y la India son los ejemplos más claros y más opuestos de liberación de la mujer, en un caso, y de control de la natalidad imperialista, en el otro. La revolución socialista en China ha liberado a la mujer de sus ataduras ancestrales, integrándola en el proletariado en pie de igualdad con el hombre, lo que la ha permitido planificar su vida sexual y familiar en un tiempo récord muy superior a cualquier otro país del mundo. En la India, por el contrario, el Banco Mundial y varias Universidades norteamericanas han impuesto medidas represivas antinatalistas desde 1952. El fracaso ha sido total y absoluto, pese a las campañas masivas de esterilización de hombres y mujeres, sometidos al engaño y el chantaje. Sólo entre 1967 y 1973 vasectomizaron a la fuerza a 13 millones de hombres, lo que originó una oleada de protestas en todo el país que derribaron al gobierno de Indira Ghandi en 1977. Los resultados, sin embargo, apenas son apreciables: el índice de natalidad no se ha reducido porque el sistema económico no ha cambiado, la mujer sigue estando férreamente sometida y las familias necesitan engendrar muchos hijos, porque viven de su explotación.

La periferia capitalista, cada vez más poblada y cada vez más mísera, se va convirtiendo en un pesado fardo para las grandes potencias. Por un lado, las fronteras se cierran ante la emigración masiva que huye del hambre; por otro lado, el imperialismo desata la furia racista para someter y expulsar a los que ya están dentro. El empobrecimiento acelerado de millones de seres en todo el planeta presiona hacia el incremento de las ayudas económicas, que caen inevitablemente en un saco sin fondo y únicamente contribuyen a rearmar y engordar los bolsillos de las camarillas tiránicas autóctonas.

Ecología, control de la natalidad y «ayuda al desarrollo» son los tres vértices de un mismo problema, que no se agota en el FMI ni en el Banco Mundial: el problema es el imperialismo. Para su resolución los «alternativos» no han ido más allá de los informes del Club de Roma, por cierto elaborados por el Instituto Tecnológico de Massachusets. Lo que les preocupa no es, como a nosotros, los sufrimientos que todo ello supone para los pueblos oprimidos del mundo; lo que les preocupa es el coste que todo esto origina al capital internacional y el tratar de reducirlo.

Nuestra batalla no es sólo contra la destrucción de la naturaleza, sino principalmente contra la destrucción de millones de seres humanos por el imperialismo. Nosotros somos los más consecuentes feministas y ecologistas, y tenemos una ardua tarea por delante, vistos los engañosos planteamientos que vienen difundiendo los «alternativos», que se han convertido en el refugio favorito de la pequeña burguesía, los intelectuales, los estudiantes y las iglesias «progres». En el mundo hay sitio para todos y pan para todos: sólo hay que repartirlo mejor y, para ello, hay que cambiar el sistema de producción, destruir la actual división internacional del trabajo o, lo que es lo mismo, acabar con el imperialismo.

«La escuela filantrópica es la escuela humanitaria perfeccionada, que niega la necesidad del antagonismo, quiere hacer de todos los hombres burgueses y quiere realizar la teoría, siempre que ésta se distinga de la práctica y no contenga antagonismos. Excusado es decir que en la teoría es fácil hacer abstracción de las contradicciones que se encuentran a cada paso en la realidad. Esta teoría vendría a ser la realidad idealizada. Los filántropos quieren, pues, conservar las categorías que expresan las relaciones burguesas sin el antagonismo que las constituye y es inseparable de ellas. Se imaginan que combaten formalmente la práctica burguesa, y son más burgueses que los demás.»(Carlos Marx: «Miseria de la filosofía. Contestación a la ‘Filosofía de la miseria’ de Proudhon»)

1 «La clase obrera y el neomalthusianismo». Lenin, Obras Completas, tomo XIX.

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LA POLÍTICA DEL FASCISMO

COMENTARIO INICIAL
  Nos gustaría comenzar con un tema, siempre fruto de numerosas y acaloradas discusiones. La caracterización del Estado español. En el siguiente artículo se analiza la política del fascismo como sistema de dominación principalmente, pero también, como evolución histórica del capitalismo.
   Los defensores más recalcitrantes del llamado “estado de derecho” y de la “democracia burguesa” se agarran a la tesis única de medir la democracia o el fascismo según la represión que ejerza dicho estado. Argumentando para ello que el Estado es la represión de una clase contra otra, y por lo tanto, en España se reprime igual que lo hacen países más desarrollados como Reino Unido, Francia, Italia, Alemania, EEUU, etc. Para todos estos sectores se acabó el problema, la Transición trajo la democracia y España se equiparó al resto de democracias europeas al uso, y tras decir esto se quedan tan anchos. Para estos defensores no existen diferencias entre ellos. Que fuera el único de esos países donde el fascismo llegó al poder tras una larga guerra civil que los sectores más reaccionarios desataron contra su propio pueblo, a diferencia de otros países donde el fascismo triunfó por la vía parlamentaria, como Alemania e Italia, es una cuestión secundaria y sin importancia. Que la Reforma y la misma Constitución fuera redactada por los mismos fascistas. Que no haya habido ni ruptura ni condena con aquel régimen tampoco. Que sigan existiendo fosas comunes plagadas de combatientes antifascistas. Que los mismos ministros fascistas y falangistas ocuparan cargos en la llamada “democracia” no les sirve, nada les vale. Cuando equiparan a España con otras democracias al uso, nada dicen de que en aquellas democracias el fascismo fue derrotado con las armas y la resistencia. Aquí, ya lo vemos como todos y cada uno de los responsables de aquel genocidio se van pudriendo plácidamente sin rendir cuentas.
 
   Los más ridículos, se atreven con argumentos infantiles como que “en España no hay fascismo porque hay elementos de extrema derecha en la cárcel”, sin entrar a valorar que no están en prisión por su ideología, como si lo están los presos políticos, independentistas, comunistas y antifascistas, etc.; sino por atacar a inmigrantes, homosexuales, prostitutas y un largo etcétera de delitos relacionados con el tráfico de drogas. O por ejemplo, como es el caso del ultraderechista que planificó la voladura de un autobús de familiares de presos políticos vascos.
   Es un error, por tanto, centrarse exclusivamente en la represión. El  mismísimo Hitler llegó al poder a través de unas elecciones, y decía estar entre otras cosas, por las huelgas económicas y contra los grandes monopolios. ¿Era Hitler un demócrata? Obviamente no. Todo eso no era más que demagogia fascista, que  los oportunistas de todo tipo quieren vendérnoslo como verdaderas transiciones políticas o cambios democráticos. España es un Estado fascista por proclamar la paz luego de haber aniquilado a todos los partidos y sindicatos verdaderamente democráticos y de clase tras más de 40 años de terrorismo abierto. Por continuar esa misma tarea por medio de leyes como la Ley de Partidos. Por habernos legado en su lugar unos sindicatos completamente inservibles a la clase obrera, que ni tan siquiera sirven para defender las conquistas populares. Porque no hay libertad de expresión, ni de organización, ni de manifestación, ni de huelga. Todo esto es un circo. Y es vergonzoso que a esto se le llame democracia. Porque controla todos los medios de “información”, mientras cierra todo medio de expresión libre y, criminaliza y reprime a todo aquel que se atreva a protestar más allá de las urnas, otro circo más.     El fascismo es mucho más que las cámaras de gas, los hornos crematorios y los desfiles con la mano en alto. No solo hemos olvidado qué es el fascismo, sino que tampoco se tiene claro qué es la democracia.
   Podemos resumirlo de la siguiente manera. De igual modo que del Imperialismo no hay vuelta posible al capitalismo de libre competencia, del fascismo no hay vuelta atrás a la vieja democracia burguesa, salvo que se le derroque con las armas como sí se hizo en Francia, Alemania o Italia, y con ello se permita conservar ciertas conquistas democráticas, cosa que en España no sucedió. Al contrario, en España fueron los propios fascistas, una vez exterminadas las organizaciones democrático-revolucionarias, quienes encabezaron la reforma del régimen sin democracia.
   Independientemente de la represión y de los crímenes, que siempre los ha habido a lo largo de la historia de la humanidad, los fascistas emplearán el engaño y la “alienación” mientras les sirva sin dejar de ser lo que son. Pero la alienación, esa palabra que tanto les gusta a los oportunistas, solo es una forma más que los fascistas utilizan cuando están en el poder. Allá por la década de los 30 del siglo pasado debían conquistarlo y aplastar la resistencia de un movimiento obrero organizado en ascenso. Para ello pasaron a la ofensiva, desatando el terror que todos conocemos. Hoy día, y una vez exterminado dicho movimiento obrero, se mantienen en posiciones más defensivas, o dicho de otra manera, formas más “alienantes”. Pero eso no puede ser considerado como un “tránsito a la democracia”. Cuando estas formas de dominación ya no consigan dominar a la clase obrera organizada, se arrancarán la máscara y entonces el terror lo ejercerán a gran escala, y no de forma selectiva como hoy lo ejercen. Pero además, esta vez sin necesidad de grandes cambios; pues su propia legalidad así lo contempla, el alzamiento militar para garantizar el orden constitucional.
   Por lo tanto, nos parece un error hablar de auténtico cambio y no alertar a los trabajadores de quienes son en realidad y no prepararles para combatirles.

 LA POLÍTICA DEL FASCISMO

I

En la definición marxista, “el fascismo es la dictadura abierta del gran capital, de la parte más reaccionaria, chovinista e imperialista del capitalismo financiero”. El fascismo es la forma de poder que adopta la burguesía cuando los métodos de la democracia parlamentaria burguesa son ya incapaces de seguir engañando a las masas y de desviar sus luchas revolucionarias. En esta situación, a la minoría explotadora no le queda otra salida para mantener su dominación y defender sus privilegios que el fascismo: la represión brutal permanente, la liquidación de todas las conquistas y mejoras alcanzadas por las masas obreras y populares, la demagogia más rastrera y patriotera al servicio de los monopolios.

Es así como el régimen fascista, como forma de dominación política del capital financiero, aparece en los momentos de máxima agudización de las contradicciones sociales y gran virulencia de la lucha de clases; cuando el capitalismo entra en su fase última, en la fase de su descomposición y agonía: el imperialismo. De forma que podemos decir que si el monopolismo es la última fase de la existencia del sistema económico capitalista, el fascismo -forma política que corresponde al dominio de los monopolios y a la consiguiente agravación de todas sus contradicciones- es la última forma de poder de la burguesía; el zarpazo criminal de una clase cuya desaparición de la escena de la historia es próxima e inevitable.

Pese a las intenciones de la burguesía, el fascismo no elimina ni la lucha de clases ni las contradicciones sociales. Por el contrario, la implantación fascista hace crecer el odio de las masas, aumenta su descontento y su decisión combativa, provocando luchas aún más numerosas y radicales. La intensificación de la explotación por los monopolios, la represión y los crímenes, el ahogo de todo soplo cultural mínimamente democrático, la eliminación de las libertades políticas burguesas, etc., hacen que más y más sectores de la población se incorporen a la lucha y que se agudicen las tensiones dentro de la misma clase dominante. Sean cuales sean las características particulares que adopte el fascismo (de acuerdo con las diferentes condiciones y momentos), su naturaleza es siempre la misma: la reacción terrorista y desesperada del gran capital, su último recurso frente al empuje de la lucha revolucionaria de masas.

Con la gran Revolución socialista de Octubre de 1917, que hizo surgir en Rusia el primer Estado de dictadura del proletariado en la historia, el imperialismo es sacudido en sus cimientos y se inicia la era del triunfo de la revolución proletaria. Crecen las luchas de la clase obrera en todos los países capitalistas, a la vez que los movimientos de liberación de los pueblos oprimidos por el gran capital monopolista reciben un gigantesco impulso. Con la aparición del Estado socialista en un país de inmensos territorios y numerosa población, el mundo se divide en dos sistemas sociales, económicos y políticos antagónicos, todo lo cual agudiza las contradicciones del capitalismo en un grado nunca conocido hasta entonces.

En estos momentos, en que el imperialismo se descompone y retrocede mientras que el socialismo y la revolución avanzan y triunfan en todas partes, es cuando aparece el fascismo en numerosos países. El inicio de su ascenso -que tiene lugar principalmente en Europa- se sitúa precisamente en la década de los años 20, y las consignas que lanzan a los cuatro vientos sus ideólogos y activistas pueden resumirse así: aniquilar la revolución, aniquilar el comunismo, borrar del mapa a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Aparecen regímenes fascistas en Italia, Alemania, España, Portugal, Polonia, Austria, etc., sin nombrar los numerosísimos intentos de hacerse con el Poder en otras partes que fracasaron ante la lucha resuelta de la clase obrera y otros sectores populares.

‘El fascismo llega al Poder -señala Dimitrov- como el partido de choque contra el movimiento revolucionario del proletariado, contra las masas populares en ebullición… Es la ofensiva más feroz del capital contra las masas trabajadoras”.

Como no podía ser menos, en la situación actual -de nuevo impulso de las luchas revolucionarias de todo el mundo y de crisis cada vez más acentuadas del imperialismo- la oligarquía de los países de democracia burguesa tiende a la fascistización de su poder, a adoptar formas cada vez más terroristas frente al auge de las luchas obreras y populares en el interior de los distintos países capitalistas. Es así como hay que interpretar los ataques a las libertades políticas (particularmente a la de huelga), la intensificación de la represión y la colaboración con las policías de otros países frente al movimiento revolucionario en naciones como Francia, Alemania, EE.UU. o Inglaterra, por no hablar del reciente golpe fascista en Chile.

Ahora bien: si, como hemos dicho, el fascismo siempre denota la debilidad de la burguesía, su incapacidad para proseguir la dominación política y la explotación por otro método que no sea el terror continuado, también hay que tener presente que la clase dominante aún puede mantenerse en el Poder, aunque para ello tenga que acudir a estos últimos recursos. Las masas obreras y populares arrinconan a sus explotadores, pero no tienen todavía la fuerza suficiente para derrocarlos, para impedir que éstos se sostengan sobre la base del terror y la eliminación de las conquistas populares. Una vez sentado esto, ¿cómo tiene que interpretarse, ante todo, tal debilidad? Debemos tener en cuenta que el fascismo llega al Poder utilizando no sólo la fuerza de las armas y la demagogia. Eso no le sería suficiente si no tuviera de su parte la traición del revisionismo, la confusión y la desorganización producidas por la labor de este agente de la burguesía en las filas obreras y populares. Como dice Dimitrov:

“El fascismo ha podido acceder al Poder, ante todo, porque la clase obrera, como resultado de la política de colaboración de clases con la burguesía practicada por los jefes de la socialdemocracia, estaba escindida, desarmada desde el punto de vista político y desde el punto de vista de la organización frente a la agresión de la burguesía”.

De esta forma, los jefes revisionistas aparecen como verdaderos agentes del fascismo, como socialfascistas, preparando el camino y eliminando obstáculos para la toma del Poder por los peores enemigos de la clase obrera. Esta es la labor que -con sus engaños, sus vacilaciones y su política de conciliación y componendas- llevaron a cabo los socialistas de Alemania, Italia o España, y que valió a los fascistas más que docenas de regimientos. Esta es la labor que están llevando a cabo últimamente en Chile.

Y esta actividad no se ha detenido. Si en los momentos de ascenso del fascismo su misión era atar de pies y manos a las masas trabajadoras para la implantación del régimen de terror, actualmente el revisionismo es el verdadero sostén del fascismo en los países en que se ha implantado. El trabajo de escisión que lleva a cabo, sus prédicas pacifistas y conciliadoras, su colaboración en las maniobras “aperturistas” de la oligarquía, hacen de él un instrumento valiosísimo para la permanencia del fascismo, una pieza indispensable para que la oligarquía financiera pueda proseguir la explotación y la represión, sus engaños y sus crímenes.

II

De lo que hemos visto se deduce que el régimen fascista, como reacción desesperada del gran capital, no puede ser la forma ideal de poder para la oligarquía financiera. Al llevar a las masas a los límites de la opresión, al imponer la dominación de los monopolios sobre la pequeña industria y sobre los campesinos pobres, al establecer el control de toda la economía por el capital financiero, al sofocar cualquier manifestación cultural progresista y eliminar las libertades, al imponer unos métodos bestiales de explotación, de miseria y de incultura a las masas trabajadoras, la oligarquía agrava todas las contradicciones sociales y lleva a la clase obrera a enfrentamientos más y más radicales con el aparato estatal.

La burguesía quisiera volver a la época “dorada” del parlamentarismo como forma más sutil y engañosa de ejercer su dictadura de clase, con un movimiento obrero domesticado por el reformismo y las ideas conciliadoras y con las masas atadas de pies y manos por la demagogia de la “legalidad” y la “democracia”. Ahora bien: el régimen democrático-burgués corresponde a la etapa de desarrollo capitalista de libre competencia, en la que la pequeña y media burguesía jugaban un papel económico independiente y se organizaban en partidos políticos que defendían sus intereses en el parlamento.

¿En qué momento nos encontramos ahora? Nos encontrarnos en la época del dominio absoluto de los monopolios, del poder incompartido del capital financiero. En estas condiciones, las capas bajas de la burguesía han perdido todo vestigio de independencia y se proletarizan incesantemente. La oligarquía financiera es la fuerza dominante en todos los terrenos; explota y expolia a todas las capas de la población y ejerce el Poder político sin compartirlo con nadie. La misma agudización de todas las contradicciones sociales, el auge de las luchas del proletariado y el crecimiento del movimiento revolucionario no le dejan más opción que coger en sus manos y centralizar de forma cada vez más rígida todos los resortes del Poder, mientras que las formas económicas de libre competencia existentes no son más que apoyaduras de los monopolios.

Así pues, de la misma forma que del capitalismo monopolista no puede haber retrocesos hacia las reformas económicas de libre competencia y de inexistencia de los monopolios, del fascismo no hay retroceso posible al parlamentarismo burgués. Si observamos la marcha de los acontecimientos en el mundo, veremos que la corriente general -y cada vez más acentuada- en los países capitalistas es la fascistización de las formas de poder, y esto le es absolutamente necesario a la burguesía internacional para poder hacer frente tanto a las luchas sociales en el interior de cada país como para competir con los otros grupos financieros hegemónica y militarmente. No puede haber marcha atrás en la rueda de la historia.

Pero el fascismo, acorralado por las luchas de masas y presa de contradicciones cada vez más agudas, maniobra para “abrirse” e intentar engañar a las masas dándose una apariencia “democrática”. En estas condiciones, el revisionismo juega un papel de gran importancia para que la oligarquía financiera pueda llevar a cabo estas maniobras.

En España, donde existe un régimen fascista desde hace más de 34 años, tenemos la muestra más clara de cómo el régimen de terror ha estado maniobrando durante todo este tiempo a fin de disimular su verdadera naturaleza y cómo (ante la imposibilidad de volver a las formas democrático-burguesas de poder) intenta aparecer con una fachada engañosa que oculte al pueblo el hecho de que ese régimen, y las instituciones de que se dotó desde el primer momento, han permanecido, en lo esencial, inalterables, de que la naturaleza fascista de su dominación de clase no ha cambiado lo más mínimo desde el final de nuestra guerra nacional revolucionaria. Por eso la oligarquía utiliza a sus agentes revisionistas, y a medida que la situación se ha ido haciendo más difícil para ella, la demagogia y los intentos de engaño se han intensificado acelerándose los planes de “cambio”.

Si echamos una ojeada a nuestra historia reciente veremos que, inmediatamente después de la derrota nazi-fascista en la II Guerra Mundial, la oligarquía española -estrechamente vinculada a los países del pacto “antikomintern”- se apresuró a proclamar las “muy distintas características” de su régimen en relación con Alemania e Italia. Los “vivas” al fascismo y a todas las formas exteriores que predominaron del 36 al 45 desaparecen, mientras que el proletariado y las masas trabajadoras de España, destrozadas física y moralmente por la derrota, con sus organizaciones políticas y sindicales aniquiladas, son objeto de una explotación y de una represión que, por su salvajismo, no desmerece a la de los años inmediatamente posteriores a la guerra. Son los momentos de la economía autárquica, en los que, según la demagogia fascista, “no faltaría ni pan ni lumbre” en la casa del trabajador, y durante el cual se da la máxima acumulación y concentración de capital hasta entonces en toda la historia del capitalismo español.

En la década de los 50, los “cambios” se hacen notar mucho más. Por un lado, el movimiento obrero y popular (que hasta entonces había llevado a cabo luchas muy aisladas y esporádicas, como la huelga de Bilbao del 47) da muestras de su vigor tras la derrota; luchas como las de Asturias, Barcelona y Madrid en el 57 y 58, se van haciendo más decididas y continuas, y culminarán en las grandes acciones de masas del 62. Ha terminado el período autárquico. La oligarquía -en base a la anterior acumulación intensiva de capital- inicia su liberalización económica, que trata de impulsar con una demagógica “liberalización” política. Los capitalistas españoles entran en el Fondo Monetario Internacional, en el Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo y en otros muchos organismos comerciales y financieros del capital monopolista internacional. Junto a esto, las inversiones del capital extranjero y los créditos internacionales al régimen fascista (principalmente de EE.UU., que en 1953 ha firmado con el gobierno español el tratado que les permite la instalación de sus bases militares en nuestro territorio) aumentan enormemente y eso supone un nuevo empuje para el desarrollo monopolista de la oligarquía.

En el terreno político, el régimen normaliza sus relaciones diplomáticas con la mayor parte de los países capitalistas y España entra en la ONU. En el interior, aún permaneciendo elementos de la “vieja guardia”, entran a formar parte del gobierno los ministros técnicos del Opus Dei (1957); aparece la ley de Convenios Colectivos (1958), con el fin de sofocar de forma más eficaz las luchas de la clase obrera y aumentar la producción. La oligarquía pone en práctica el “Plan de Estabilización” (1959), de tan catastróficas consecuencias para la situación material de las masas.

Así inicia el régimen su apertura con vistas al desarrollo económico y a la búsqueda de mercados de capitales. También inicia de forma más decidida su “apertura” política en el interior: intensifica la limpieza de las formas de viejo cuño y de elementos demasiado destacados en la guerra y en la posguerra para enfrentarse en todos los terrenos -político, ideológico y económico- al movimiento obrero que renace. Para ello utiliza algo más que la represión pura y simple (como había sido su norma hasta entonces): la demagogia “aperturista” adquiere cada vez mayor importancia y el revisionismo va a utilizarla para jugar su papel de lacayo.

Un año después del XX Congreso del PCUS, en el que el revisionismo moderno lanza su plataforma de escisión del movimiento obrero y comunista internacional, tiene lugar el V Congreso de los carrillistas: en 1954 los revisionistas españoles proclaman a los cuatro vientos su política de “reconciliación nacional” y de “frente nacional antifranquista”, con la que intentan desviar a las masas del camino revolucionario que han reemprendido y llevarlas al camino de la colaboración de clases. Las primeras muestras prácticas de su labor de zapa podemos encontrarlas en sus llamamientos a la “jornada de reconciliación nacional” y a la “huelga general pacífica” de 1958 y 1959, en los momentos en que resurge con nueva fuerza la lucha de masas y el fascismo se enfrenta al renacimiento de un movimiento popular al que creía aniquilado para siempre. De esta forma, una vez destruido el Partido, el revisionismo se lanza a apoyar descaradamente la “reconciliación” y el “aperturismo” del régimen fascista, cuya meta de integración de pleno derecho en los organismos político-económicos del capital financiero internacional se ve obstaculizada por las nuevas luchas del proletariado y los pueblos de España.

A partir de estos momentos, a la vez que aumentan las protestas populares y el régimen se va viendo más aislado, el desarrollo de los planes políticos de “apertura” de la oligarquía depende completamente de las garantías que el revisionismo pueda darle. Si éste controla a las masas, dichos planes podrán irse llevando a cabo: con el encauzamiento por los jefes revisionistas del descontento y las protestas populares hacia las reformas, el sindicalismo y la conciliación, la oligarquía podrá cambiar tranquilamente la fachada de su régimen para proseguir sin grandes sobresaltos la explotación y la integración político-económica con el imperialismo internacional. Al mismo tiempo intentarán aislar a los revolucionarios de las masas y descargar sobre ellos todo el peso de la represión.

Si, por el contrario, sus agentes no logran controlar a las masas, verán crecer la lucha revolucionaria por todas partes, y no les quedará más alternativa que intensificar la represión contra el movimiento obrero y popular, cerrarse y aislarse cada vez más, 0 hacer una concesión tras otras y ver como la represión y la demagogia, en lugar de detener la lucha de las masas, hacen crecer ésta y se vuelven contra la oligarquía misma.

III

Toda la política de la oligarquía -y la de sus agentes revisionistas- en los últimos 15 años ha sido una sucesión de intentos fracasados de evitar esta segunda posibilidad. Sus planes se han visto una y otra vez malogrados por el empuje de la clase obrera y la lucha que ha ido creciendo y radicalizándose cada vez más. La década de los 60 nos da el ejemplo más ilustrativo de lo que decimos. Acabada la “estabilización” (con el consiguiente alivio momentáneo en la situación material de las masas), la oligarquía ve llegada la hora de llevar a cabo las “reformas”. El régimen ya ha pedido negociaciones para su entrada en la CEE y la economía ha entrado en una fase de expansión. En estas condiciones los monopolistas impulsan el nacimiento y desarrollo de las llamadas CC.OO. (1964-67), tinglados sindicalistas controlados por el revisionismo cuyo principal objetivo consiste en reformar el Sindicato fascista.

Es de esta forma como la oligarquía, en un momento relativamente favorable para ella, persigue llevar a la clase obrera a la colaboración con su régimen y sofocar la lucha revolucionaria con la demagogia reformista. El socialfascismo carrillista es el encargado de llevar a la práctica esta política de engaño entre las filas obreras y populares. Se trata de los momentos de luna de miel de “aperturistas” y carrillistas en torno al programa del “pacto para la libertad”, elaborado por Carrillo y su grupo, en el que está interesada la clase dominante por cuanto dicho programa recoge la solución ideal para la oligarquía: la “democracia” burguesa, a la que, según los revisionistas, puede volverse sin grandes desajustes, paulatinamente, por la vía de las reformas y los acuerdos políticos entre diversos sectores de la clase explotadora y los “representantes obreros”.

Así, la demagogia “aperturista” toma cuerpo en la legalización, de facto, de CC.OO.; en el sindicato “democrático” de estudiantes y en las llamadas del carrillismo al “copo del vertical” (recordemos las elecciones sindicales de 1966, en las que gran número de luchadores obreros quedaron de esta forma a disposición de la policía fascista), con lo que, además de dar momentánea vida a su sindicato, la oligarquía creó condiciones favorables para reprimir a las masas.

Los planes de los capitalistas son, llegando a este punto, muy claros: si la maniobra cuaja definitivamente, es decir, si el revisionismo garantiza definitivamente el control de la clase obrera, la “apertura” podrá derivar incluso a la “libertad” de huelga (o sea de huelgas pacíficas, reformistas y bien controladas); en cuanto a la “libertad” de asociación y reunión, ahí están las mismas CC.OO. y sus reuniones públicas para confirmarlas. Más adelante, con todos los cabos bien sujetos, los jefes revisionistas podrían formar parte de una “oposición” más o menos legalizada que se encargaría de mantener a las masas maniatadas con la demagogia de la colaboración de clases y la lucha reformista dentro de los cauces marcados por los monopolistas. ¿Qué obstáculos habría entonces para proseguir la explotación y pasar a la integración con Europa?

Sin embargo, la realidad de la lucha de clases y la crisis económica ha echado por tierra una y otra vez estas maniobras y ha arruinado estos planes. A partir de 1967 aproximadamente (con la crisis económica y el nuevo impulso de las luchas) empiezan a desmoronarse aceleradamente todos los tinglados carrillistas. Las masas desbordan los cauces en que la clase dominante y sus agentes habían querido encerrarlas, la oligarquía cierra filas e intensifica la represión, y el partido socialfascista entra en una crisis de la que ya no va a reponerse. Es el inicio de la bancarrota completa del revisionismo y el desenmascaramiento de su naturaleza política entre las amplias masas trabajadoras de nuestro país. El programa del “pacto para la libertad” entra asimismo en crisis: los Ruiz Giménez, Areilza, etc., ante la imposibilidad de ver realizados sus planes, se vuelven hacia la solución de la monarquía fascista y dejan momentáneamente sus diálogos con la camarilla carrillista.

Todo esto supone el aislamiento más completo del fascismo, la agravación de sus contradicciones y el fracaso de sus intentos de sofocar las luchas obreras y populares, que suben como una marea y -aunque espontáneas, sin dirección ni objetivos claros- se politizan con suma rapidez al chocar -incluso con sus reivindicaciones económicas- con el aparato represivo del Estado.

De 5 años a esta parte las cosas han cambiado mucho. Junto a todo lo que hemos apuntado hay una serie de factores nuevos que hacen la situación todavía más difícil para los monopolistas: su imposibilidad de reprimir como antes (pues esto no tiene otro resultado que avivar más el odio de las masas, que han perdido el respeto y el miedo al régimen de terror y hacer crecer la protesta y el movimiento de solidaridad), su enfrentamiento con sectores cada vez más amplios del pueblo (ganaderos, pequeños y medianos campesinos, estudiantes y profesores, intelectuales en general y elementos de profesiones liberales, las masas populares de las nacionalidades oprimidas, etc.) que son arrastrados y toman el ejemplo del proletariado. Además no debe olvidarse que la clase dominante necesita cada vez más urgentemente la integración con el imperialismo europeo. Su economía ha alcanzado un grado de desarrollo monopolista que no por estar aún más lejos de las de otros países capitalistas deja de ser considerable, lo cual les impulsa a buscar mercados y relaciones para lanzarse por la vía imperialista abierta. Ahora bien, a nadie se le oculta que una de las razones fundamentales de que esta integración no vaya más deprisa es precisamente una razón política, a saber: las características fascistas del régimen español, odiado por la opinión pública democrática y progresista de Europa y mal visto por la mayoría de los gobiernos del Mercado Común en razón con las agudas contradicciones sociales que su entrada aportaría a la CEE.

En los momentos en que se hace más necesaria para los explotadores la “apertura” les es también más difícil el llevarla a cabo; de ahí las desesperadas maniobras a las que últimamente estamos asistiendo y de las que el revisionismo sigue siendo uno de sus principales instrumentos.

Pero éste no le ha de servir por mucho tiempo. De un lado, la pérdida de influencia de la camarilla de Carrillo entre las masas del proletariado (manifestada ya en las elecciones sindicales del 71 -en las que la tónica dominante fue el voto en blanco-). De otro lado, la enorme envergadura que está adquiriendo la lucha (consecuencia tanto de lo anterior como del aumento del nivel político de las masas y del empeoramiento de sus condiciones materiales). Podemos decir que, en este sentido, movimientos como los de El Ferrol, Vigo, Granada, Pamplona o San Adrián son hechos ya corrientes en nuestro país; un movimiento político general con todas las características de lucha contra el fascismo por encima del revisionismo.

He ahí los tres elementos que hasta ahora han sido determinantes para la política de la reacción: las propias necesidades económicas y políticas de ésta, el movimiento de masas de carácter revolucionario y la bancarrota del revisionismo. ¿Cuál es su situación actual? Esta es cada vez más difícil para la oligarquía desde el punto de vista político y económico (necesidad de la “apertura” e imposibilidad de llevarla a cabo, necesidad de integración en el bloque imperialista europeo e inflación más alta de Europa). Por otro lado nos encontramos con la bancarrota de la política y la influencia carrillista y un ascenso del movimiento de masas que no se ha dejado arrastrar por la demagogia fascista-revisionista.

IV

En estas condiciones hay algo que, sin ser aún determinante, está adquiriendo una importancia cada vez mayor: el surgimiento de una nueva vanguardia marxista-leninista que crece y se consolida, que gana influencia entre los sectores avanzados del proletariado y encabeza luchas de gran importancia. La puesta al descubierto del revisionismo, que hasta hace poco ha sido obra del mismo espontaneísmo de las masas (con todas las limitaciones e insuficiencias que esto lleva consigo), tiene ahora en nuestra Organización el protagonista principal. Nuestra tarea de Reconstrucción del Partido proletario y de su línea política avanza con paso firme y encuentran un eco cada vez más amplio entre las masas trabajadoras.

La oligarquía y el revisionismo tienen en cuenta no sólo esta situación política y económica que hemos descrito, sino también, y cada vez más, el desarrollo de esta nueva vanguardia marxista-leninista y el crecimiento de su influencia entre las masas. ¿Qué actitud pueden tomar?

Últimamente hemos venido observando, que todos los planes de la clase dominante se han visto modificados. Ya no se trata de esperar a que los carrillistas controlen al proletariado y se mantengan en una “oposición constructiva”, pues esto se está demostrando que es -y con toda posibilidad será así en el futuro- imposible. Ni las maniobras de “izquierda” ni el apoyo de sus criaturas oportunistas (los grupos que proliferan apoyando en toda la línea la política y la práctica del socialfascismo) les están sirviendo de nada, mientras que el fortalecimiento del movimiento revolucionario y marxista-leninista plantea la necesidad del “cambio” como algo inmediato. Naturalmente este “cambio” no puede ser tan “profundo” como el que tenían previsto: ahora, a la vez que hacen todo lo posible por prestigiar a los líderes carrillistas con sus farsas de juicios y otros montajes e intensifica la demagogia sobre la “democracia” y la “apertura”, han llamado a aquellos a integrarse (aunque vayan ellos solos) sin más a través del Sindicato, de las elecciones municipales, etc.; la clase dominante no puede aguantar más, pues la sucesión de Franco por la monarquía fascista de Juan Carlos y las necesidades de entrar en Europa les exige acelerar todo y aunar todas las fuerzas disponibles para asegurarlo.

Esto está provocando un desenmascaramiento aún mayor y más rápido de los jefes revisionistas: su traición descarada y abierta (apoyo a la política imperialista de la oligarquía, llamadas a participar en las mascaradas de elecciones fascistas, apoyo a un gobierno de “transición” en el que esté integrado algún oligarca significado en la política del “pacto”, etc.), todo esto hace que las masas vean más claramente la verdadera naturaleza de estos vendidos.

El fascismo es un enemigo que emplea varias armas. Ante nosotros, marxista-leninistas, está planteada la tarea de dirigir al proletariado y el resto del pueblo en la lucha por la destrucción del sistema y la implantación de la verdadera libertad de un régimen popular que liquide definitivamente la base económica en que descansa el régimen de terror. Junto a las tareas políticas y orgánicas que esto conlleva (de las cuales la más importante en estos momentos consiste en Reconstruir el Partido de la clase obrera) tenemos una labor de gran importancia: educar a la clase obrera y a las masas trabajadoras para estos fines y alertarlas de todas las maniobras que contra ellas llevan a cabo la oligarquía y sus agentes.

Como hemos podido apreciar, esta tarea reviste una gran importancia en las actuales circunstancias, en que la reacción -acuciada por las luchas y las contradicciones- está lanzando una verdadera ofensiva ideológica y política contra el pueblo.

Aunque la situación política del país, caracterizada por el ascenso revolucionario y el cada vez mayor aislamiento del régimen fascista, se muestra claramente favorable a las fuerzas populares, no puede descuidarse ni por un momento la denuncia y la explicación ante las masas de estas maniobras. El fascismo y el revisionismo intentan por todos los medios confundir, sembrar ilusiones “democráticas” a fin de perpetuar el sistema de explotación. De ahí los esfuerzos que están haciendo por prestigiar a los carrillistas y darles mejores condiciones para su actuación; si no les abren más huecos no se debe más que al miedo que sienten ante la posibilidad de que el movimiento revolucionario los utilice a su vez para impulsar aún más la lucha. Fascistas y revisionistas tratan de hacer ver a la clase obrera que toda la farsa “democrática” -montaje hecho por la oligarquía financiera para buscar una salida a su difícil situación- son verdaderos pasos hacia la libertad y la mejora de la situación material de las masas. Quienes han asesinado y torturado a cientos de miles de demócratas para liquidar esas mejoras materiales y esa democracia, conseguidas tras años de luchas y sufrimientos; los que a diario cometen los más abominables crímenes contra el pueblo y mantienen a éste en condiciones de sobreexplotación y de ignorancia, pretenden hacer creer que el fascismo ya no es el fascismo, que lo negro es blanco y que las cosas van a cambiar por sí mismas.

Pero la libertad se arranca o no es más que una engañifa. La clase dominante está haciendo en nuestro país “concesiones” (ahí están la libertad de huelga y de asamblea) arrancadas por la lucha decidida de los trabajadores. Esta lucha está costando mucha sangre y muchos sufrimientos. Nada va a hacer que las masas obtengan la libertad y la democracia como no sea de su misma lucha, sin concesiones y hasta el fin. La misión de los revolucionarios estriba en explicar esto sin descanso, desenmascarar los embustes y las maniobras y organizar la lucha. ¿Alguien puede imaginarse un régimen de democracia para el pueblo salido de los acuerdos entre los grupos políticos de la oligarquía y sus agentes revisionistas? El fascismo llega precisamente al Poder para acabar con esas libertades; es la última salida del capital financiero, y de aquí no hay retornos posibles a la democracia burguesa. Es más: la reconquista de la libertad nunca puede suponer la vuelta a aquella situación, pues la eliminación del fascismo ha de suponer la supresión de la explotación y la destrucción de la máquina del Estado burgués (Ejército. tribunales, policía. burocracia, etc.), entrega de la tierra a los campesinos, la autodeterminación para las nacionalidades, la eliminación de todos los privilegios económicos y políticos de la Iglesia, la organización de un verdadero Ejército popular, la profundización y extensión de las libertades políticas. etc.

Las mismas condiciones del fascismo dan la base para agrupar a la inmensa mayoría de los sectores populares -dirigidos por el proletariado- en un amplio frente antifascista y antiimperialista que remueva toda la base de la reacción e imponga por las armas el Poder popular. Todo lo que no sea plantear las cosas de esta forma es jugar con las masas, engañar al proletariado y al pueblo. Es decirles que la oligarquía puede conceder algo precisamente porque sí, y ocultar la lucha dura y dolorosa que habrá de llevar a cabo para la implantación de la libertad en nuestro país.

 

Editado en ANTORCHA
nº 2. Noviembre de 1973

 

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